neurorradiología

14 dic. 2010

Medicina, cultura, literatura, resignación y admiración.

Pido perdón de antemano porque este post es un poco tangencial a la temática habitual del blog. Este post trata de resignación y de admiración. Cuando estaba en la facultad de Medicina dedicaba casi todo mi tiempo libre a actividades ajenas a la lectura. Tenía tanto que leer en mi actividad académica que en los ratos libres procuraba practicar actividades menos intelectuales. Pero la formación en Medicina no acaba en la facultad. Llegó un momento en que tuve la sensación de que nunca me sentiría más culto que durante aquellos años en que todavía no había olvidado muchos de los conocimientos adquiridos durante la educación general básica (E.G.B), el bachillerato unificado y polivalente (B.U.P) y el curso de orientación universitaria (C.O.U), (¡Qué manía de poner nombres raros y perecederos a las cosas!) Desde entonces he aprendido, por supuesto, muchas cosas relacionadas con la Medicina y, posteriormente, con la Radiología y, posteriormente, con la Neurorradiología, y al mismo tiempo he ido olvidando cada vez más cosas, sobre todo de la educación preuniversitaria (también de la universitaria, por supuesto). Sigo aprendiendo cosas de la especialidad que practico y olvidando otras que me quedan más lejanas (para ser justo debo admitir que también aprendo algunas cosas fuera del ámbito profesional y además he recuperado un poco la afición a la lectura). Pero cada uno tiene una capacidad y cuando se llena el disco, para seguir metiendo hay que ir sacando por otro lado. Así es la vida. Resignación.


Pero no todo el mundo es igual. El mundo ha estado, está y estará, salpicado de personas con una gran capacidad intelectual, o una extraordinaria capacidad de trabajo, o ambas cosas. Ha habido grandísimos médicos humanistas. Buenos literatos, filósofos, artistas. Ha habido quienes sin apartarse del ejercicio profesional de la Medicina han sido capaces de dotar su actividad extraprofesional de un brillo sobresaliente. Y eso me sigue despertando una profunda admiración, tengo que admitir que no exenta de una pequeña dosis de sana envidia. 


Y hace poco me encontré con un libro que me llamó la atención. "Hijos de un rey godo". Yo no tuve que aprenderme de pequeño la lista de los reyes godos, pero leía en los comics de Zipi y Zape que esa era su peor pesadilla. Lo compré. Me sorprendió el hecho de que su autora, María Gudín, fuera médico. Concretamente neuróloga. Confieso que en ese momento tuve dudas. Se fueron disipando a medida que leía. Tenía entre mis manos una excelente novela, mezcla de historia y ficción, de lectura absolutamente placentera y adictiva. María Gudín es una extraordinaria escritora, con el mérito añadido de no haber abandonado el ejercicio de la Neurología. Hoy me permito la licencia de recomendar una novela. Enhorabuena a María Gudín. Resignémonos y admiremos.



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